Sin tu mensaje

 

SIN TU MENSAJE

J. S. Vita

Todas las mañanas, tras abrir los ojos,
entre la banalidad de las mismas noticias con diferente matiz
y de las redes que ya se volvieron tan repetitivas como la vida real,
te espero.

Espero tu mensaje.
Porque, por alguna extraña razón —como si fuese una regla social nueva—
mi día no inicia hasta que no lo recibo.
Tal vez soy yo.
Tal vez es el mundo entero.
Pero así ocurre.

Me levanto, escucho lo que los algoritmos quieren que escuche,
me preparo algo de desayuno mientras cargo en la cabeza este doble peso:
la ansiedad personal y el desconcierto social.

Esa ansiedad que nace al ver tantos que parecen adelantarme en el “camino del éxito”,
ese camino que ni siquiera existe,
y que aun así presiona,
hiere,
asedia.

Me pregunto si la tristeza que siento es mía
o si es apenas otro esbozo de esta maquinaria invisible
que exige resultados incluso antes de cepillarse los dientes.

Camino hacia el baño y, sin pensarlo,
subo una foto de mi cocina.
Total… ayer la limpié y se ve bien.
Quizás eso bastará para que los demás crean que también estoy avanzando,
que tengo rumbo,
que pertenezco.

Porque —aunque nadie lo admita—
a veces uno publica para recordarse que existe.

Tu mensaje, al fin, llega.
Una frase corta.
Un saludo simple.
Pero para mí, suficiente para detener la tormenta unos segundos.

Si supieras las ganas que tengo de estar en paz contigo,
lejos de todos, de todo.
Contigo,
que eres la única persona que parece comprenderme,
que me enseñó a no sentir miedo,
que me mira como si no necesitara demostrar nada.

Pero no parece posible.
La sociedad nos exige encajar,
amar como se debe,
relacionarnos como dicta el manual,
mostrar lo correcto,
esconder lo incorrecto,
mantener las distancias adecuadas
para que nadie crea que lo nuestro es demasiado real.

Dicen que si no sigue las normas,
no es amor.
Dicen que si no pasa por los filtros sociales,
no existe.

Y yo, atrapado entre la necesidad de tu mensaje
y el miedo de depender de él,
camino en esta cuerda floja que el mundo llama “normalidad”.


A veces pienso que no es a ti a quien espero…
sino a una versión de mí mismo
que solo aparece cuando tú escribes.

Esa versión que respira mejor,
que no compite,
que no se compara,
que no necesita demostrarse ante nadie.

Esa versión que el mundo no me permite ser
si no es a tu lado.

Pero también sé esto —aunque me niegue a decirlo en voz alta—:
ningún mensaje debería ser la llave de mi paz.
Ningún saludo matutino debería cargar con la tarea de sostener mi día.
Porque amar no es depender
y depender no es amar.

Así que aquí estoy,
aprendiendo lentamente
que a veces el mensaje que espero
no debe venir de ti
sino de mí mismo,
del silencio que me debo
y del espacio que aún no sé habitar.

Pero mientras lo aprendo,
y mientras la vida siga escapándose entre notificaciones,
no lo negaré:
tu mensaje me salva.
Aunque no debería.
Aunque el mundo no lo entienda.
Aunque mañana, quizá,
tenga que aprender a despertarme sin él.


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