Contigo
Contigo
J. S. Vita
Todas las mañanas, tras abrir los ojos, entre la banalidad de las mismas noticias con distinto matiz y de las redes que se han vuelto tan repetitivas como la vida real, espero tu mensaje.
Pues por alguna extraña razón, como si fuera una nueva regla
social, mi día parece no iniciar hasta que no lo recibo.
Tal
vez soy solo yo, y no el mundo entero.
Tras levantarme y escuchar lo que los cookies y algoritmos quieren
que escuche, me preparo para desayunar algo con este desconcierto
social y esta ansiedad personal sobre la cabeza: esa sensación de
ver a tantos que “se me adelantan” en ese famoso camino del
éxito —que ni siquiera existe—, de no sentir que estoy
donde debería estar, de saber que no soy feliz.
¿Será mío
todo esto?
¿O será solo otro esbozo de la presión social que,
aún sin haber pasado diez minutos, ya está encima de mí, mientras
acudo al baño?
Para sentir que le importo a alguien, y sin pensarlo, voy a
compartir esta foto de mi cocina.
Qué más da, ayer la limpié
y se ve bien.
Seguro eso hará que los demás también crean que
estoy avanzando.
Tu mensaje al fin llegó.
Si supieras las ganas que tengo de
estar en paz contigo, lejos de todos y de todo…
Pues tú eres
la única presencia que me comprende y me ha enseñado a no sentir
miedo.
Pero no parece posible.
La sociedad nos condiciona a hacerlo
de cierta manera, a encajar, porque si no encajas —dicen— no es
real.
Antes de irme, reviso el espejo del baño.
No por vanidad —o
eso me digo—, sino para “ver si estás ahí”, si sigues
acompañándome detrás de mis ojos cansados.
Pero la luz es
cruel… y me devuelve una versión mía que no sé si reconozco.
Después, mientras me ato los zapatos, hago esa pausa habitual que
inventé solo para sentir tu presencia un poco más.
Esa pausa
absurda que nadie notaría, como si te esperara a ti para darme
permiso de empezar el día.
A veces creo que eres lo único que
me mantiene en pie, aun cuando sé que eso suena dramático.
Ya casi salgo.
Todo parecía rutinario… hasta que se me
cayó el café sobre la camisa recién puesta.
Y ahí, entre el
enojo y la torpeza, entre la prisa y la vergüenza de ser yo mismo
incluso dentro de mi propia casa, sucedió algo extraño:
Por un instante —muy breve, casi un parpadeo—, sentí que tú
me hablaste.
Que me sacudiste del ruido.
Que me devolviste
el aire.
Y la perspectiva de lo que realmente importa en esta
vida.
Y entonces lo entendí, como un susurro que se acomoda donde debía haber estado desde siempre:
Gracias, conciencia… por despertarme unos segundos.

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