21 uñas
21 uñas
J. S. Vita
Pero también sabía que su vista no la
engañaba.
Ella siempre había tenido buen tino, incluso desde
lejos,
y aunque otros la llamaran paranoica,
ella prefería
decir que tenía instinto,
ese que a veces es
un don…
y a veces una condena.
Aun así, una vez que estuvo cerca,
una vez que pudo
comprobar con sus propios ojos
aquel conteo maldito,
algo
dentro de ella se reconfortó,
como si el infierno tuviera, al
fin, una explicación.
Ya había sido demasiado aguantarle.
Y ella había dicho lo
suficiente.
No había razones para darle otra oportunidad
más.
Porque cada vez que intentaban hablarlo,
él venía
con el cuento de siempre:
—No es lo que piensas…
Pero ella estaba segura
de que aquellos pelos sobre la
almohada
no eran de Miguel.
Ese aroma húmedo, ajeno,
tibio,
tampoco.
Todo gritaba traición.
Con las manos temblorosas,
repitió el conteo,
aun
sacando de la canastilla
la evidencia que lo demostraba todo.
No
le importó la suciedad,
ni lo pegajoso del lavabo.
Con una cuchara removió cuanto pudo,
hasta que lo vio de
nuevo,
imprescindible, imposible,
la cosa que la estaba
rompiendo por dentro:
veintiuna.
Veintiuna uñas.
Y Miguel tiene veinte.
Ahí se quebró algo.
Dentro de su cabeza, como un cristal
viejo.
La escena la poseyó de furia.
El episodio de
berrinches que siguió
fue tan violento, tan hiriente,
que
las paredes mismas parecían encogerse para no escucharla.
Lo sobajó.
Lo insultó.
Lo hizo pedazos con la
lengua.
Y Miguel, cansado de sostener su locura,
esa noche
simplemente se fue.
No cerró la puerta con llave.
No dijo
adiós.
Solo se fue.
Ella se quedó sola.
Triunfante por unos minutos,
hundida
al siguiente.
Y fue entonces, cuando por fin logró dormirse,
que el
verdadero horror comenzó.
Un malestar la despertó pasada la medianoche.
No podía
moverse.
El cuerpo entero estaba paralizado
como si un
hierro invisible la sujetara de las muñecas y los tobillos.
Sintió
un cosquilleo ardiente en los brazos,
luego en el pecho,
luego
en el vientre.
Una infección extraña —irreal, imposible, pero viva—
se
movía dentro de ella,
como si una criatura microscópica
se
hubiera abierto paso por su piel,
devorándola desde adentro
con
la misma paciencia
con la que esa tarde su mente, había
devorado sus pensamientos.
Intentó gritar.
No pudo.
La neurosis que había espantado a Miguel
ahora la dejaba
sola,
sin ayuda,
sin un cuerpo que pudiera levantarse,
sin
una mano que llamara a nadie.
El dolor subía.
Subía.
Subía.
Y entonces lo entendió:
aquello que contaba como evidencia,
y que yacía sobre las sabanas
aquello que ella misma hubiera sacado de dentro del lavabo, de la
canastilla aquella en la que se retienen los desechos para no ir a
dar a la tuberia
aquello que creía ajeno y traicionero…
no
venía de otra mujer.
Venía de ella.
Eran uñas que su cuerpo
había empezado a producir sin
control:
crecían, se desprendían, se caían, se
acumulaban
como si algo dentro quisiera multiplicarse,
como
si su ansiedad
hubiera encontrado la forma de hacerse
carne,
uña, plaga.
El que busca, encuentra.
Y ella encontró demasiado tarde
tanto una explicación, como la verdad,
sobre que la
traición nunca estuvo en Miguel…
sino en la mente que la
habitaba.
La infección terminó lo que había comenzado su paranoia:
y
la devoró lentamente, ahí postrada poéticamente,
hasta que su
pecho quedó quieto
y el silencio llenó la habitación.
A la mañana siguiente, aquellos instrumentos que se usan para
arañar, rasgar, dañar o señalar,
y que recogen —sin que uno
lo desee— la suciedad de este mundo,
habían terminado ya con
su cometido
y yacían…
como pequeñas lunas rotas alrededor de su cuerpo,
testigos
mudos de que, al final,
fue ella quien se deshizo a sí
misma
arañando una verdad, que en realidad, nunca había estado
allá afuera.
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