Reparado
REPARADO
J. S. Vita
La señora Jacinta le avisó a Rosita y a sus demás comadres que la tarde del viernes llegaría al pueblo, como cada año, el sobador. Don Ulises, un señor de rasgos toscos y carácter frío, más de buen corazón —según decían— que juró que, porque tuvo muchos dolores de espalda cuando joven, ya jubilado y para servirle al mundo durante sus últimos días de vida, se dedicaría a ayudar a quienes padecían de aquellos males, por cantidades simbólicas más que por negocio.
Y, por supuesto, Ermelinda —una de las comadres— puso el grito en el cielo, agradecida pues Pedro, su hijo, tenía ya tres meses en cama e intentaba llevar una vida normal y servir de algo, pero le resultaba imposible. No había trabajo ni nada que hacer realmente para alguien postrado.
Según contaban, había quedado así por hacerse el valiente durante una fiesta con la familia de una escuincla que le gustaba. Se puso a cargar él solo las ollas enormes repletas de comida, y, aunque a leguas se veía que sufría con ellas —y Perla, la susodicha, más bien sentía pena al verlo batallar con aquellos cazos que parecían pesar más que él—, se negó a recibir ayuda.
Apenas se enfrió, se entumeció de golpe: desde la nalga derecha hasta la parte más alta del cuello, donde se junta con la cabeza. Tuvo que abandonar la fiesta prematuramente, sin siquiera poderse acercar para hablar con aquella muchacha, pues no soportaba el dolor aquel que repentinamente y tras verla a lo lejos le aparecio. Al llegar a casa, se tiró en aquel catre en el que llevaba tres meses desfalleciendo.
El viernes llegó y toda la mañana su madre la pasó especulando: que si sería una hernia, que si un desgarre, que si una úlcera de no sé qué tipo, o algún hueso fuera de su lugar. Total, que nunca dio con nada, pero Pedro sabía que su madre, en su especular simplemente agotaba ya opciones, para poder decir, una vez que el sobador lo arreglara —o no lo hiciera—, que ella ya sabía que así iba a ser y que aquello era por X o por Y.
Don Ulises llegó tempranito, con su carroza jalada por un triciclo hecho con una bicicleta armada, parecía, con sus propias manos. Lo primero que hizo —como siempre— fue echarse un buen trago de aguarrás y estirarse los músculos, antes de preparar la carpa donde solía atender. Y ni pasados veinte minutos, ya tenía fila.
Las vecinas, algunas nada más por vanidad, por darse el gusto de sentir las manos de un hombre después de tantos años, por relajarse, o por sedentarismo, se acercaban. La dinámica era simple: él las pasaba —hombres, mujeres o niños—, los revisaba lentamente, les daba su “enderezada” en una camilla de bambú que armaba dentro de la carpita, y al terminar les acercaba un botecito en el que aquellas, sin que el viejo viera, ponían su cooperación. Fuera lo que fuera: él nunca decía nada.
El viejo
era un hombre muy fuerte para su edad; se mantenía en buena forma,
pues decía que no cualquiera podía hacer bien ese trabajo.
“La
espalda de las personas a veces es muy trabajosa —comentaba—: o
está rígida por tiempo de descuido, o flácida por la edad, o
simplemente complicada por el sobrepeso”.
Una a una fueron saliendo de la tienda de lona, clientas satisfechas y hombres agradecidos por la sanación a sus dolores y al estrés.
A la señora Ermelinda, a pesar de haber sido tercera en la fila, él le instruyó esperar hasta que acabara con todos, para poder ir a atender al muchacho hasta la casa. Dijo que sonaba difícil y que ya había tenido un caso parecido alguna vez.
Así que la pobre no tuvo de otra más que esperar de pie junto a la carpa, a que todos terminaran de recibir su acomodada. Finalmente, ya entrada la noche, sin tener dónde sentarse y sin comer, aquel le dijo que ya podía acompañarlo para revisarlo a él.
Aunque la noche estaba cayendo ya, casi todas las que pudieron hacerse con el chisme, una vez que vieron que había llegado la hora, salieron de sus casas y, como en procesión, caminaron silenciosas detrás de los dos en su andar, hasta una de las casas más altas del barrio, aquella donde vivía la señora con el pacientito aquel.
Apenas llegaron al jacal, el sobador —que llevaba en brazos su camilla doblada— entró a la casa, pero no le permitió pasar a Ermelinda.
—Un respeto para el paciente, que necesita estar relajado, señora —le dijo, y se encerró con él.
Los minutos
transcurrieron.
Primero 10, luego 30, luego 50…
Pero ni
un sonido salía del jacal.
Las comadres cuchicheaban cada vez más fuerte.
—¿Y si
se le murió ahí dentro? —susurró una.
—¿Y si lo está
renaciendo? —aventó otra.
—¿Y si el niño traía algo más
grave y el sobador se dio cuenta… y por eso no lo suelta? —remató
Jacinta.
Ermelinda, con el rebozo entre manos sudadas, no sabía si rezar, llorar o patear la puerta.
Pasada ya
más de una hora, el silencio se rompió con el rechinido de la
madera.
La puerta se abrió despacito, y Don Ulises salió.
No salió
sudado ni sofocado, ni derrotado ni orgulloso.
Salió como quien
termina un rezo importante, con la camisa apenas arrugada y la mirada
lejos.
—Listo, señora Ermelinda —dijo nomás con voz firme—. Ya quedó.
Se echó la
camilla al hombro y caminó entre la multitud, que se abrió con un
respeto casi religioso.
No pidió pago.
No pidió agua.
No
pidió nada.
Solo se fue, jalando su triciclo-carruaje, y
lentamente perdiéndose bajo las luces amarillas del barrio aquel.
Ermelinda entró al jacal seguida por las vecinas.
Ahí estaba Pedro.
No estaba
parado ni acostado como antes.
Estaba sentado al borde del
catre, con las manos en las rodillas, mirando al suelo, como si
hubiera descubierto un secreto pesado.
—¿Mijo? —balbuceó su madre—. ¿Qué te hizo? ¿Qué tenías?
Pedro se llevó la mano a la nuca, la giró tantito, como probando un engrane nuevo. Luego se levantó con una facilidad que espantó a todas.
—Nada, ama —dijo tranquilo—. Solo estaba… atorado.
—¿Atorado de qué? —preguntó ella, casi llorando.
Pedro la miró con una serenidad que no era suya.
—De no animarme —respondió—. Eso tenía. Nomás eso.
Y antes de que ella pudiera abrazarlo o jalarlo de la oreja o hacerle la señal de la cruz, Pedro abrió la puerta y salió caminando, despacio, como quien toma aire después de mucho encierro.
—¿A dónde vas? —le gritó una vecina.
Pedro sonrió apenas.
—A hacer lo que no hice aquel día.
Y se perdió por la misma calle por la que se había ido el sobador.
Detrás de
él, las comadres murmuraban de todo: que si el viejo era milagroso,
que si era brujo, que si había acomodado huesos, memorias o quién
sabe qué.
Pero Ermelinda, mientras recogía el catre, entendió
que había sido otra cosa.
Don Ulises
no reparaba cuerpos.
Reparaba voluntades.
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