Por la vida
POR LA VIDA
J. S. Vita
Al fondo de un cajón, entre perfumes, bolígrafos y estampillas, envuelto en una manta y cubierto por pelusas, Bonel resguardaba el revólver que le heredó su padre. Nunca pensó usarlo, pero aquella noche pintaba trágica y sombría: lenta, indeseable. La puerta principal parecía a segundos de ceder, ante los impactos de un ariete invisible cuyos impactos hacían vibrar las paredes y también su pecho, con la misma frecuencia, donde los latidos golpeaban con idéntica intención: entrar… e ir por él.
Todo hombre debe reconocer el instante en que ya no hay marcha atrás, cuando una situación pierde retorno. Quien no lo entiende a tiempo suele perder la vida por causas tontas, en momentos donde el sacrificio no vale nada.
Pero Bonel no era de esos.
Siempre había comprendido el
contexto sin necesidad de verlo. De niño podía adivinar qué auto
llegaba a casa solo por el sonido del motor, las balatas o el clic
del bloqueo. Podía detectar el desprecio en los microgestos de las
personas —cejas, labios, respiración— y aunque nunca lo dijo,
sabía cuándo alguien enfermaba antes de que la propia persona lo
notara. Podía incluso , sin exagerar, reconocer la infidelidad en la
mirada de alguien, en el tacto de unos labios o en el aroma íntimo
de quien amaba.
Todo eso le pertenecía.
Todo eso lo hacía sentirse
seguro.
Y por eso sabía, con absoluta claridad, que en lo
relativo a Elvira ya no quedaba nada por
hacer.
Aquella historia —sus labios, sus caderas, el vértigo
que le provocaba— lo había llevado más lejos de lo razonable.
Quizás se confió, quizás no analizó bien la situación; pero de
algo estaba seguro: no había ya camino de vuelta.
—Quién diría que unos labios tienen el poder de hacer perder
el juicio a alguien como yo —pensó mientras encendía la vieja
radio de su abuelo, que se hallaba sobre la misma cajonera de donde
había tomado el arma—.
—Quién diría que unas caderas
pueden llevarlo a uno hasta los límites —añadió, esta vez en voz
alta, mientras las perillas gastadas resbalaban entre sus dedos
sudorosos.
La radio captó Nocturne de Chopin.
Una señal extraña, pero
certera.
La melodía le recorrió la espalda, eléctrica,
precisa. Así era él: capaz de disfrutar lo sublime incluso en mitad
de una tormenta. Para Bonel, aquello no era casualidad: era un
presagio. Quizá el anuncio de su propia muerte.
Los golpes en la puerta marcaban un compás involuntario, y él comenzó a mecer la cabeza al ritmo del piano, como si la escena fuese un ritual cuidadosamente preparado.
Con calma abrió una caja de balas, giró el tambor del arma y fue acomodándolas una a una con la delicadeza de un orfebre, siguió disfrutando de la melodía. Encerrado en si mismo, siempre había sido frío, meticuloso, incapaz de doblarse o transpirar en situaciones donde otros hombres ya habrían colapsado.
La parsimonia con la que se movía de un lado a otro, hacía parecer que no le importaba, o peor aún: que lo había estado esperando toda la vida.
Y mientras encajaba las palabras con la música, comenzó a recitar:
—El amor nos lleva lejos… ninguno sabe hasta dónde. Es extraño: puede quemar por dentro y aun así nadie afuera lo percibe. Como el odio, pero silencioso. Uno puede cargar un torbellino y quien está frente a uno jamás lo sabría. La gente juzga lo que hacemos, no lo que sentimos. El amor no se ve, no se controla. Se da, o no se da. Un padre puede amar a un hijo y el hijo no sentir nada. Un hijo puede amar a un padre y el padre abandonarlo.
Respiró hondo.
Apretó los labios.
—Yo amé sin pensar si era recíproco… y debí hacerlo. El amor sin medida fue lo que me trajo aquí. Si ella supiera el daño que me causó… ¿habría actuado distinto? ¿Me habría amado como yo la amé? ¿O aquello nunca iba a suceder? Supongo que ya jamás lo sabré.
La melodía se cortó.
El silencio ocupó cada rincón.
Miguel
notó entonces algo inquietante: los golpes habían cesado. No se
escuchaban voces. Solo un vacío espeso, casi irreal.
A través de las cortinas, una luz cruzó de izquierda a derecha, dejando un haz nítido sobre la tela.
—Debe ser un ángel —murmuró—. Uno que intercede por mí y me ahorra la pena.
Pero dos minutos después un impacto brutal retumbó, mucho más fuerte aun que los anteriores.
El enemigo estaba ya dentro de la casa.
A ese punto en que no hay marcha atrás…
Los oficiales entraron sin delicadeza:
botas golpeando el
suelo,
armas en alto,
y gritos breves y precisos.
Bonel mantuvo el arma junto al pecho, no para defenderse, sino como quien abraza un recuerdo.
—¡Bonel! —ordenó una voz dura—. Suelta el arma. ¡Ahora!
Pero él no escuchaba ya al mundo.
Su mente giraba en torno a
Elvira, a la última vez que vio sus ojos, a la pasión que confundió
con destino, a los celos disfrazados de intuición, al crimen que
cometió creyendo que obedecía al amor.
Porque Bonel no era víctima.
Era Homicida.
Y
el único que no lo sabía…
era él.
—Tú me llevaste a esto… —susurró—. Si supieras cuánto te amé… cuánto te tuve…
Sus dedos acariciaron el metal.
La radio, inexplicablemente,
volvió a encenderse sola.
Chopin regresó en un susurro
trágico.
Los oficiales avanzaron a la vez.
Hubo una sombra.
Un
destello.
Un disparo.
Bonel cayó hacia atrás como quien se entrega a un descanso
largamente postergado.
El arma se deslizó de su mano.
La
música siguió.
Y en la habitación contigua, cubierto por una
sábana, yacía el cuerpo de Elvira, fría, quieta, injustamente
hermosa.
La prueba de aquello que él había llamado amor
y que el
mundo, con razón, llamaba asesinato.
La última nota del Nocturno flotó en el aire como un hilo
perfecto.
Y no pertenecía a Bonel, ni a Elvira
ni a los
hombres presentes,
sino a la casa misma, que por fin se
desahogaba del secreto que él había defendido como virtud.
Y mientras el eco se apagaba, alguien allá afuera murmuró:
—Por la vida… decía.
Pero el silencio respondió:
“Por la muerte, en realidad.”
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