Padre Universo

 

Padre Universo

J. S. Vita


El conocimiento los va a volver locos. Locos.
Porque verán cómo el mundo exterior —el de los intereses, las apariencias, los queda-bien, los comprados, los condicionados, los enamorados y los creyentes— se contradice a sí mismo a cada paso, como si la lógica fuera su enemiga natural.

Y esa incoherencia, madre y nodriza del mundo humano, les robará la paz.
Los hará sentirse trastornados, irritados, insignificantes, absurdos; capaces de cuestionarse hasta los bellos del brazo.
Los hará caer tan hondo que olvidarán el motivo por el que se mantienen aquí, la razón detrás de cada esfuerzo, el valor de sus seres queridos y el sentido de las cosas; incluso el porqué están escuchando estas palabras.

Sí: los llevará a los extremos.
Al de querer salir a gritar por las calles, al de escribir un texto que denuncie una injusticia, al de armarse hasta los dientes, al de romperle la cara a algún bastardo…
y al de matar.
Matar creencias, condicionamientos, intereses, apariencias y todo aquello que ha determinado, generación tras generación, la existencia de millones que caminan en círculos sin advertirlo.

Y créanme: estoy siendo bondadoso.
Porque si quisiera preocuparlos diría que el conocimiento los va a destruir.
Va a borrar lo que son, a despojar lo que tienen; se les meterá hasta dentro de la nariz, provocándoles escozor, ganas de arrancarse los cabellos, urticaria, y los hará rodar por el suelo cuando choquen contra alguno de sus muros imposibles de escalar, de rodear, de romper; muros que desafían al ingenio humano y obligan a dar sentido, en un solo párrafo, a todo lo que el hombre ha hecho desde el origen de la humanidad.

Pero como mi deber es acercarlos a él —ser arcángel del demonio y guía del calvario—, debo venderles los cánones de la ciencia y ponerlos a su servicio, para que dejen de ser soldaditos del Estado, monaguillos de la Iglesia, enamorados de la banalidad y esclavos de la avaricia, la ambición y la ignorancia.

Debo decirles, entonces, que el conocimiento será todo eso, sí…
pero será también la única puerta que cruzarán por voluntad propia en la vida.

Porque al distanciarse de sus intereses, prejuicios, creencias, amores y penas, entrarán al verdadero paraíso del universo.
Y allí, frente a él, estrecharán la mano que los creó, y aquel —el todo, el cosmos, la raíz— se sentirá orgulloso de verlos llegar.
Porque la creación es usted, hijo del universo; y usted, que ha cruzado, se sentirá pleno al mirar a su padre a los ojos.

Se sabrá parte de él.
La parte más lúcida.
Y querrá desentrañarlo, conocerlo, descifrarlo, como un hijo que mira la aflicción del padre y pregunta qué le sucede.

Así será parte de la creación.
Completo.
Listo para trascender.

Porque ya no temerá a los hombres —la madre naturaleza los hizo así—;
ni temerá a la ciencia —usted mismo la está experimentando—;
ni temerá a la muerte, que no es sino el regreso al estado natural, la reintegración del ser y la materia, un regalo de madre y padre, el mismo regalo que ahora disfruta hasta el último instante.

A menos, claro, que una vez cruzada la puerta, usted decida ser distinto al resto, comprometer ese disfrute final y someterlo a la lógica, a la razón, a la ciencia y al conocimiento.
Y entonces, quizá, algún día, atravesará los laberintos más laboriosos de la existencia…

y entregará un regalo:
a su madre, a sus hermanos, a usted mismo,
y, por supuesto, a su padre el universo,
que habrá de reclamarlo después,
pero consagrándolo en la memoria eterna de aquel, su padre universo.


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