La voz en el silencio
La voz en el silencio
J. S. Vita
El polvo
parecía hablar, pues cuando Daniel pasó su dedo sobre aquel y
apenas verlo aferrado a la yema del mismo, un millón de imágenes le
vinieron al pensamiento, como seleccionadas y traídas por éste.
Las
tardes bailando en aquel salón, vestido de gala en lo público
cuando se hacía presente la familia, y desnudo en lo privado con su
novia tras darse muestras de amor mutuas, como si de una celebración
por aquello se tratase.
Con su familia, sus amistades… quién sabe cuántas hermosas tardes había disfrutado en aquel sitio: un salón que, en aquellas imágenes, lucía lleno, repleto de adornos, revistas, estatuillas, piezas tejidas por la abuela y botanas esparcidas por todas partes, transmitiendo calidez. Pero que ahora solo transmitía un escalofrío casi tenebroso, una melancolía esporádica y una especie de pena: esa que se disuelve con el sentimiento de no poder hacer ya nada más cuando algo está perdido.
Oscuro,
lleno de telarañas, cubierto por aquella capa densa de polvo que
apenas dejaba ver siluetas en los portarretratos. Un polvo que se
metía en las fibras de la alfombra hasta irse comiéndola poco a
poco, igual que a la tela de los antiguos sillones.
Un polvo que
parecía observar a Daniel desde todas partes, como diciendo: “todo
esto es tu responsabilidad”.
O eso fue lo que pensó de repente, pues a donde quiera que miraba, el polvo se hacía presente también, vigilante, amenazando con saltar y disiparse si aquel se atrevía a interrumpir su plácida calma en un lugar que ahora parecía ser todo su reino.
Su permanencia era inamovible. Bastaba un respiro para sentir cómo se acomodaba dentro del cuerpo, bajando por el gaznate, irritando las vías nasales, resecando la manzana de Adán y formando una bola espesa de saliva alojada en la garganta.
“Quién
sabe por qué me tomó tantos años cobrar el coraje para volver
aquí…”, pensó Daniel.
Pero sin duda había sido
el último que se molestó: ni mamá ni papá podían hacerlo ya. Su
única hermana estaba quién sabe dónde, casada y feliz.
Y su
esposa, aunque de alguna manera siempre estaba ahí, ya no estaba en
verdad.
Una pelusa
interrumpió la quietud, impulsada por un aire taciturno que provenía
de debajo de una puerta, empujándola hasta el zapato de Daniel.
A
su costado, una mancha rojiza ya opaca le hizo recordar momentos de
“demencia” —cuando uno no está cuerdo—, recuerdos que
aparecieron y desaparecieron con la velocidad del relámpago.
Esta vez,
sin embargo, el polvo lo mantuvo atrapado en las imágenes:
el
beso apasionado con Lluvia, su novia, en medio de un momento
acalorado;
el empujón que la acorraló contra el mueble, justo
donde la copa de vino tinto se volcó;
la conversación en la
que tuvo que decirle por qué jamás volvió a ver a sus padres;
y
aquel pensamiento turbio, ese que había intentado olvidar, en el que
tuvo que detenerla contra su voluntad, porque no estaba dispuesto a
permitir que lo abandonara, ni que le mintiera, ni —menos aún—
que lo traicionara.
Lluvia
temblando.
Lluvia retrocediendo.
Lluvia llorando…
el
polvo completaba el resto.
El hilito de aire bajo la puerta se volvió más frío. Daniel sintió que algo respiraba desde dentro del cuarto, inhalando hacia sí mismo, reclamando.
El polvo
seguía adherido a su dedo. Y entonces ya no vio ni el salón, ni los
sillones, ni el abandono.
Vio sus manos.
Vio
el instante exacto en que la línea entre amor y miedo se
había borrado para siempre.
—Yo no quise… —murmuró sin darse cuenta.
La casa
escuchó.
El polvo escuchó.
El silencio también.
Un retrato
cayó del estante.
La fotografía dentro estaba irreconocible
bajo la capa grisácea: las caras borradas, las sonrisas
desaparecidas.
El polvo llevaba años practicando el oficio de
borrar testigos.
Daniel lo
recogió.
Y lo sintió: no era el polvo quien lo
observaba; era la culpa, despierta, extendida por todo el
cuarto como una segunda atmósfera.
Una culpa
antigua, que se alimenta del tiempo.
No consume rápido: consume
lento, con paciencia, como si acariciara.
Una culpa huérfana
desde el día en que él se marchó sin mirar atrás.
Porque él
no se había ido para salvarse.
Se había ido para no hacerse
responsable.
La mancha rojiza, que durante años había sido solo vino, ahora se veía distinta bajo la luz mortecina.
Daniel
recordó el forcejeo.
Recordó la frase que nunca debió
decirse.
Recordó que la copa no fue lo único que cayó ese
día.
Su garganta
se cerró, no por el polvo, sino porque por primera vez entendió que
no había venido a recoger cosas:
había venido a recoger
consecuencias.
La casa
murmuró, o así lo sintió él:
“Por fin.”
Retrocedió,
aterrado por sus propios pasos.
El suelo crujió como si se
quejara de él, como si lo reconociera demasiado bien.
Entonces la
puerta se abrió sola.
No de golpe.
Se abrió como
quien invita.
Como quien
dice:
“termina lo que empezaste.”
Daniel entró.
La
habitación estaba vacía.
Sin muebles.
Sin cajas.
Sin
restos de vida.
Solo un
espacio limpio, perfectamente delineado en el centro del suelo, como
si el cuerpo de alguien hubiera permanecido allí durante mucho
tiempo.
Como si el polvo lo hubiera respetado.
O como si no
hubiera querido cubrirlo.
Las piernas de Daniel temblaron.
—Perdóname… —logró decir.
El polvo
respondió.
Se levantó del suelo en un remolino lento,
envolviendo a Daniel, cubriéndole los hombros, los brazos, los
párpados.
Le llenó la nariz, la boca, la lengua.
Y por un
instante —breve, eterno— sintió que alguien lo abrazaba desde
dentro del polvo:
una figura hecha de restos, de recuerdos, de
lo que no supo cuidar.
Y entendió
por fin que la culpa no estaba allí para castigarlo.
Estaba
allí para no dejarlo seguir huyendo.
Cuando el
remolino se disipó, Daniel ya no estaba en pie.
La casa volvió
al silencio.
Y el polvo, su único testigo y su juez más antiguo, volvió a acomodarse lentamente sobre todas las cosas, reclamando otra vez su reino.
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