Guardadera
GUARDADERA
J. S. Vita
La octava caja aterrizó —como cada tres años— en la tierra seca del patio. El golpe levantó un polvito viejo que olía a costumbre, y detrás de él aparecieron los mismos dos hombres de siempre: el moreno de dientes prominentes y el Pulgas, flaco como una deuda. Vestían ropa distinta cada elección, pero los cuerpos eran los mismos, las cicatrices también.
—Ya se la sabe, señora Mary —dijo el moreno, extendiéndole un billete doblado de quinientos, el gesto ensayado como saludo militar.
Mary lo tomó con esa mezcla de resignación y prisa que solo
tienen las mujeres que no pueden darse el lujo de ofender a nadie.
A
diferencia de otros años, Pedrito —que ya tenía dieciséis— se
quedó mirando todo con los ojos de quien ya leyó demasiado sobre
justicia social como para seguir callado. Él, que se había
autoproclamado activista en secreto y que de vez en cuando se iba a
la plaza a marchar sin que su madre lo supiera, sintió una punzada
en el pecho.
Apenas los hombres desaparecieron por el callejón, Pedro tomó la iniciativa. Rompió el plástico de las cajas y empezó a organizar las despensas sobre la loza del lavadero. Mary, orgullosa, fue por las bolsas negras y se sentó sobre la cubeta que hacía de banco para ella desde hacía veinte años. Entre ambos fueron armando los paquetes, cada uno marcado con la estampita del MOMANE: Movimiento por los Más Necesitados, ironía pura del país.
Pero Pedro estaba tenso.
Adentro algo le ardía.
—Madre… —dijo sin mirar—. ¿Por qué siempre vienen ellos? Aunque cambie el gobierno, aunque cambien los colores… siempre traen lo mismo, los mismos.
Mary respiró hondo, ya esperando ese día.
No alcanzó a
responder.
—Y tú… —continuó Pedro, dejando caer un paquete sobre el suelo— cada elección haces lo mismo. No comprendo por qué.
Esta vez sí guardó silencio. Era un silencio lleno, viejo, que se sentó entre los dos como un tercer testigo.
Pedro retomó:
—Toda mi vida te he visto partirte el lomo para sacarme adelante. Lavar la misma ropa hasta que casi se transparenta. Gastarte las manos cocinando y hacer malabares para que no falte un frijol en casa. Y te admiro, madre, más de lo que puedo decir. Pero…
Mary tragó saliva.
Las lágrimas la presionaban, tercas.
—Pero no entiendo —siguió él— por qué seguimos sirviendo a quienes nos tienen así. Cada vez que voy al cerro veo cómo el rancho de los Montedelmal crece más y más, comiéndose la tierra del pueblo. Cada vez que voy al centro me topo a sus hijos en autos nuevos, tirando el dinero como si fuera confeti, riéndose de todo lo que no viven. Y cada trienio… terminas aquí, haciendo de su guardadera, como si fuera inevitable.
Mary respiró profundo.
Y habló:
—Hijo… cuando yo tenía tu edad, pensé exactamente como tú. Marché, grité, pinté mantas. Creí que íbamos a cambiar algo. Me ilusioné con líderes que juraban ser distintos.
Hizo una pausa larga, como si seleccionara con cuidado la siguiente muerte que iba a decir.
—Cuando por fin logramos poner a uno de los nuestros en el poder… descubrimos que no era más que un sirviente del cacique. El alcalde obedecía al gobernador. El gobernador era prestanombres de un senador. El juez era compadre de los que queríamos denunciar. Y los diputados… primos de los candidatos que nos habían prometido revolución. Todo era un árbol genealógico disfrazado de democracia.
Pedro quiso interrumpir, pero ella levantó la mano.
—No fue uno, hijo. Fueron dos, luego tres. Y cuando abrimos los ojos habían pasado décadas, y los Montedelmal seguían ahí, reciclándose entre partidos, colores y eslogans baratos. La democracia se volvió una casa de espejos: parece libre, pero solo refleja a quienes la construyeron.
El viento sopló y levantó una de las estampitas del MOMANE, que cayó justo entre los dos.
Mary la miró con cansancio antiguo.
—Un día comprendí que si denunciaba… te ponía en riesgo. Y que el sistema no era cosa de este pueblo, ni de este estado, quizas ni siquiera de México. Era el mundo entero jugando al mismo teatro. “Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada”. Y eso, hijo… eso es la política hoy.
Pedro apretó los puños. Era moralmente limpio, impecable, casi
un anacronismo viviente.
Su madre lo sabía. Él era recto. Él
era lo que ella había querido ser.
—Entonces… ¿nos rendimos? —dijo él.
Mary lo miró largo tiempo, como si adentro de su hijo viera una versión de sí misma que había perdido camino años atrás.
—No, hijo. No nos rendimos.
Solo… aprendemos a
sobrevivir.
Pedro bajó la mirada hacia las cuarenta bolsas alineadas por orden de vecinas. Cada una llevaba adentro los mismos frijoles, el mismo arroz, el mismo aceite barato y, sobre todo, la misma carga invisible: el precio de la dignidad en tiempos de elecciones.
La tarde avanzó. Sellaron la última bolsa.
El sol se
recostó sobre el patio.
Entonces —realismo mágico sin pedir permiso— Pedro vio que,
por un instante, las estampitas del MOMANE se movían solas: rotaban,
se reacomodaban, sus colores cambiaban del verde al rojo, del rojo al
azul, del azul al guinda, del guinda al amarillo, y volvían al
verde.
Como un prisma en un ciclo eterno, como si no importara
el color, porque siempre escondían el mismo apellido debajo.
Y Mary, sin sorprenderse, murmuró:
—Así ha sido siempre, hijo. Y así seguirá… hasta que alguien rompa la estampita en lugar de pegarla.
Pedro la miró.
Ella salio de casa y continuó su trabajo.
Él
comprendió que la batalla que tenía enfrente no era política: era
moral.
Y que debía elegir si quería una vida útil…
o una vida
correcta.
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Esa noche, Pedro no pudo dormir.
El viento arrastraba las
estampitas del MOMANE como si fueran hojas muertas, y cada una
parecía susurrarle un reproche distinto. Las voces de su madre, del
cacique, del moreno y del Pulgas se mezclaban en su cabeza como si
estuvieran reunidos adentro de él.
Cuando el pueblo se durmió, Pedro salió al patio.
Tomó una
de las bolsas.
Luego otra.
Y otra.
Las abrió.
Sacó las estampas.
Las arrancó.
Las
pisó.
Y en cada una descubría lo mismo: no eran de papel.
Eran de
piel.
Piel curtida, endurecida, como si las hubieran hecho de
los rostros del pueblo que había entregado su dignidad durante
generaciones. Las estampitas sangraban al romperse, apenas un hilo
delgado, pero suficiente para que Pedro sintiera la misma punzada
aquella en el estómago.
Realismo mágico.
O realismo brutal.
Lo mismo daba.
Al amanecer, Mary lo encontró en el patio.
Quieto.
Con
la mirada fija en la tierra.
A su alrededor, las despensas
abiertas, destripadas, como si un animal hubiera pasado la noche
buscando algo dentro que no estaba.
—¿Qué hiciste, hijo? —preguntó con voz que ya sospechaba la respuesta.
Pedro no habló.
Solo extendió la mano.
En la palma
tenía un pedazo de una estampita que parecía un fragmento de piel
humana, seco como cuero viejo.
—Esto… —susurró— esto es lo que nos hacen, madre. Esto es lo que tú sellas cada tres años.
Y entonces ocurrió.
Un estruendo recorrió el callejón.
La camioneta blanca.
Los
mismos dos hombres.
El Pulgas y el moreno.
—Señora Mary… venimos por la entrega —dijo el moreno, pero al ver las cajas abiertas, su rostro mutó. La expresión dejó de ser cortesía y se volvió amenaza.
Mary se adelantó, temblando.
—Yo… yo puedo explic—
Pero Pedro dio un paso al frente.
—Fui yo —dijo—. Y lo volvería a hacer.
El silencio que siguió fue tan denso que ni los gallos se atrevieron a cantar.
El moreno lo miró con una mezcla de fastidio y lástima.
—Muchacho, uno no se mete con lo que está arreglado.
El Pulgas tomó al chico del brazo.
Pedro no se resistió.
Lo
arrastraron hacia la camioneta, mientras Mary gritaba, suplicaba, se
arrodillaba, ofrecía todo lo que tenía: su casa, su nombre, su
vida.
—Déjenlo, por el amor de Dios, déjenlo… ¡si es un niño!
Pero la camioneta se lo llevó igual.
Entre el polvo.
Entre
los ladridos.
Entre los murmullos que ya se despertaban detrás
de las ventanas del barrio.
Esa tarde, Mary salió a buscarlo.
A con los Montedelmal,
a la presidencia, a la comandancia, al rancho del cacique, al cerro,
al río.
Pero nadie sabía nada.
Nadie había visto
nada.
Nadie había escuchado nada.
El pueblo entero se hizo el sordo, como siempre.
Tres días después, una nueva caja cayó en el patio.
Solo
una.
Adentro, cuidadosamente doblada, venía la camiseta de
Pedro.
Limpia.
Planchadíta.
Con una estampita nueva
del MOMANE pegada en el pecho.
Una estampita distinta a todas las demás:
parecía recién
arrancada de la piel de un muchacho justo.
Mary cayó de rodillas.
No lloró.
No gritó.
No
maldijo.
Solo tomó la camiseta, la dobló con delicadeza…
y la
guardó dentro de la caja junto a las otras despensas.
Porque esa era su tragedia:
la de quienes aman tanto…
que
terminan entregándole sus hijos al sistema
para no perderlos al
hambre.
Esa tarde, el Pulgas regresó por la caja.
Mary se la entregó
con las manos temblorosas.
—Ya se la sabe, señora Mary —dijo él.
Y ella, con un hilo de voz que ya no era de esta tierra, respondió:
—Sí… ya me la sé.
El ciclo continuó.
El patio quedó en silencio.
Y sobre la loza del lavadero quedó solo una pregunta flotando, sin dueño:
¿Cuántos hijos más habría que entregar para que algún día, alguien, por fin, rompiera con esa estampita?
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