Gente Procesada

 

GENTE PROCESADA
J. S. Vita

Ese mal sabor de boca reapareció, testarudo como las deudas, pero el café aquel nunca fallaba. Sofía lo conocía bien: no era la primera vez que le embarraba el paladar, agriándole las vías nasales y dejándole un nudo incómodo en la garganta. Más que un sabor parecía —aunque cualquiera juraría que estaba loca— un sentimiento. ¿Quizás algún problema de salud? De esos raros, exóticos, que solo les dan a los protagonistas de un documental deprimente. Pero sin antecedentes familiares… ¿entonces qué?

Como fuera, su día tenía que continuar. Así que, sin dilatarse, tomó la selfie de rigor, la subió a Instagram (filtro “vida perfecta”), y retomó la manejada rumbo al gimnasio.

Sofi, como la llamaban, no entendía por qué, si vestía las mejores marcas, manejaba un auto del año, presumía el último celular y se sometía a dietas tan estrictas como inútiles, ella simplemente no podía sentirse llena. Comía en los mejores lugares, hacía los viajes que debía hacer, tenía “la onda”, “el estilo”, “el lifestyle”, todo aquello que las redes le escupían en la cara… ella lo imitaba, lo tenía, lo hacía, lo conocía.
Y aun así, cuando caía la noche y se encontraba a sí misma en la cama, solitaria, iluminada por la pantalla y por un “te amo” automático enviado por su novio seis horas atrás, la pregunta regresaba:

—¿Cómo demonios es posible que me sienta vacía?

Si hacía lo que tod@s hacían, y tod@s los demás parecían perfectamente felices.

Una mañana se levantó, como siempre, a las 5 am para cumplir su penitencia de gimnasio antes de ir al trabajo. Pasó primero por un café repleto de azúcar —pero de diseño, que eso lo compensa todo— y lo subió a su historia, por supuesto.
Al llegar al gimnasio vio el mar de cuerpos apostrados sobre los aparatos, sudando la gota gorda y “trabajando en sí mismos”. Y entonces se preguntó:

—¿Esto viene de mí realmente? ¿Esto es lo que quiero?

Pero casi de inmediato se respondió a sí misma, convencida —o resignada— de que sí, claro que sí, obvio que sí. Y prosiguió.

De vuelta a casa por la noche, en un alto, vio sobre una banqueta a una familia humilde riendo juntos. El más pequeño lanzaba una piedra contra un pedazo de cuero que regresaba una y otra vez, como un búmeran defectuoso.
Por una extraña razón, Sofía sintió un pellizco en el pecho. Algo tibio. Algo real.
Pero su teléfono vibró anunciando la entrega de un glamuroso premio al otro lado del mundo a una de sus artistas favoritas.
Y, al dar clic, volvió a su “mood” prefabricado.

Ya en casa, al lavarse los dientes, aquel aroma regresó: ese olor seco, amargo, profundo y molesto. Como si alguien hubiera curtido sus papilas con desdén. Ahí estaba, quién sabe por qué. Y por más que tallara, no desaparecía.



El verdadero problema llegó días después, en una reunión elegante —de esas donde la gente presume que tiene “conexiones” cuando solo comparte la misma miseria con mejor iluminación—.
Sofía reía, asentía, jugaba su papel.
Hasta que aquel aroma emergió.
Primero sutil, luego violento.
La secó por dentro. La retorció. Le empujó una arcada a mitad de una frase.

Y todos a su al rededor, voltearon a verla.
La anfitriona frunció la nariz como si oliera a pobreza, como si un simple gesto bastara para aquellos animales carnívoros, listos a devorarla, y aunque nadie dijo nada.
Un par de invitados se hicieron discretamente hacia atrás.

Sofía tragó saliva.
El sabor persistió: metálico, rancio, humillante.
Parecía que su propio cuerpo estaba revelando un secreto que ella no sabía que cargaba.

Esa noche, avergonzada, decidió visitar a sus padres. Gente humilde, sencilla, de manos trabajadas y palabras cortas.
Ahí, sentada en el comedor pequeño donde había crecido, rodeada del olor a frijoles recién hechos y a tierra mojada, el maldito sabor… desapareció.
Mágicamente y como si no hubiera existido nunca.
Como si al volver a sí misma, algo hubiese dejado de pudrirse.

Conversó con su madre, rió con su padre, respiró.
Y por primera vez en años, se sintió llena sin necesidad de tomarle foto a nada.

Esa misma noche, ya en su cuarto infantil, vio un clip en redes: durante un momento de descanso, uno de esos videos cortos que intentan explicar algo intelectual o documentar algún pedazo de la vida y que ella generalmente repudiaba, y aque versaba sobre un lugar en Asia donde curtían carne a la mala para “darle cierto sabor” que la socialité moderna pagaba como si fuera oro líquido.
Hombres calvos, obesos y evidentemente enfermos, que dejaban ver un no se que en su mirada, tragaban aquella “exquisitez” como cerdos entrenados.
El video explicaba cómo lograban ese gusto particular que la élite pagaba sin chistar.
Agregándole cosas que hacia algunos años a cualquiera le hubieran resultado incomibles, toxicas o anti naturales, polvos, cremas y líquidos de dudoso proceder...

Y entonces Sofía lo entendió.
Todo cayó.
El café, las dietas, las rutinas, las cirugías, los tratamientos, los filtros, el gimnasio, las fotos, las cremas y los productos milagro…

Ella no era consumidora.
Ella era ahora el producto.

La habían arreglado, esculpido, pulido, perfeccionado y moldeado…
para generar un sabor.
Un aroma.
Una textura emocional agradable para los cerdos con tarjetas negras.

Que no habrían de rechistar por supuesto.

Cerdos que no buscaban personas:
buscaban carne procesada.
Carne dócil.
Carne aspiracional.
Carne que paga por ser comida como carne.

Y entonces Sofía, se quebró, al tiempo que al fin, lo comprendió:
no estaba vacía.
Estaba embalada, y aquel aroma en su boca, viniera de donde viniera, no era sino el sazón pútrido de su consciencia, puesto que aquella le obligaba a perecer, en el mercado de la gente procesada.




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