El Valle de las Viejecitas
El Valle de las Viejecitas
J. S. Vita
En el claustro, tras el desayuno, en la formación frente al granero, reunidas todas alineadas frente a la comadrona y dos de sus ayudantas, cantaron como de costumbre sus alegatos matrimoniales. Después del ensayo tomaron un breve receso, en el cual Chatita y Natalia se sentaron sobre el césped para conversar, intentando robarle al sol un poco de ternura antes de que la voz de Patricia volviera a endurecerles la existencia.
Chatita, que a sus veintinueve años seguía luciendo radiante pese al dictamen de “oxidación avanzada”, suspiró hondo.
—Hoy te levantaste con cara de susto —murmuró, acomodándose el cabello detrás de la oreja—. ¿Soñaste algo?
—No —respondió Natalia, aunque la verdad era que sí: había soñado con salir del valle, con caminar sin ser medida, sin ser comparada, sin que le contaran los años como si fueran pecados. Pero decirlo en voz alta ya era peligroso; las paredes escuchaban, y donde las paredes no oían, oía Muleto, y donde él no, oían los escuchas.
Chatita pasó los dedos por el césped, como si buscara algo enterrado debajo.
—Sabes que lo hacen a propósito, ¿verdad? —dijo en voz baja—. Todo eso de la oxidación… del linaje… de las pruebas. No es más que para mantenernos calladas.
Natalia se tensó.
No porque no lo supiera, sino porque era
la primera vez que Chatita lo decía sin disfraz.
—¿A quién te refieres exactamente? —preguntó.
Chatita miró hacia el granero. Patricia, la comadrona, daba instrucciones a dos niñas nuevas, señalándoles con la vara el modo correcto de colocar los pies, los hombros, la sonrisa. Ese gesto casi maternal que escondía un filo invisible.
—A ella —susurró Chatita—. Y al viejo, claro. No creas que no lo sé. La mitad de las noches se cuela por el establo norte. Sale de ahí cuando la luna ya casi se cae, con el cuello torcido de cansancio y la ropa revuelta. Ella lo espera. Ella. La misma que nos dice que sin obediencia no valemos nada.
Natalia sintió cómo la sangre le subía al rostro.
—Entonces… ¿todo esto que nos dicen…?
—Es miedo
vestido de virtud —interrumpió Chatita—. Quieren que pensemos
que somos un privilegio prestado, algo frágil que se puede romper en
cualquier momento. Así, cuando ya no les servimos, nos convencen de
que la culpa es nuestra, y nos mandan a “terapia” con los
escuchas para que repitan todo lo que pensamos antes de que podamos
pensarlo dos veces.
Una nube se movió sobre ellas, proyectando sombra.
El valle
entero pareció guardar silencio, como si reconociera el peligro de
esas palabras.
—Chatita —murmuró Natalia—. Tú todavía podrías ser elegida.
—¿Elegida para qué? —sonrió ella, triste—. Para pertenecerle a alguien que ni siquiera sabe decir mi nombre sin que la comadrona lo corrija. Para parir hijos que ella criaría mientras yo me marchito en algún cuarto del palacio. Para desaparecer cuando llegue la próxima niña “más pura”. No, Nat. Tengo más años que cualquiera aquí. Eso es suficiente para hacerme invisible.
Natalia no supo qué responder.
A lo lejos, Muleto caminaba
revisando que ninguna escapara del orden marcado. Ese sonido metálico
de sus casquillos era el recordatorio de que ninguna puerta del valle
se abría hacia afuera.
Patricia, desde la sombra del granero, observaba la escena con una sonrisa apenas perceptible. Sonrisa de quien ha aprendido a gobernar el miedo ajeno.
—A las Bibianarias nos crían así —continuó Chatita, usando el término prohibido que las designaba a todas—. Como flores que solo sirven mientras son nuevas. Como si la vida fuera una antesala a la vejez, y la vejez llegara a los diecisiete.
Natalia apretó los dientes.
—¿Y no se puede hacer nada?
—Nada que no sepan ya —dijo Chatita, con un tono que era resignación y lucidez a la vez—. Ellas quieren que una llegue cansada a esa conclusión. Que una misma decida rendirse, para no tener que cargar con la culpa. Por eso Patricia habla tanto de linaje y de perfección. Porque cuanto más perfecto debe ser alguien… más fácil es convencerlo de que ya falló.
Un silbato sonó desde el granero.
Había llegado el momento
del desfile.
El aire se volvió más rígido, más espeso.
El miedo se
coló entre todas como un perfume viejo.
Chatita se levantó, pero no se movió hacia la fila.
Se
quedó quieta, con el cuerpo erguido, mirando a Natalia con una
ternura inesperada.
—Cuando estés ahí —dijo—, recuerda que no eres oxidación. No eres edad. No eres propiedad de nadie. Si lo olvidas, te lo recordarán ellas. Porque eso es lo que hacen las que gobiernan los valles… inventan historias para sostener sus propias grietas.
Patricia la vio apartarse de la formación.
—Bibianaria 29 —llamó con voz dulce—. El desfile no te corresponde. Vuelve al granero. Tu ciclo terminó.
Chatita bajó la cabeza.
Pero ya no había miedo en su
rostro. Solo una serenidad extraña, como quien descubre su edad
verdadera y por fin la acepta, no porque sea un castigo, sino porque
es un acto de libertad silenciosa.
Natalia quiso hablar, pero las palabras se quedaron atrapadas.
La
hilera comenzó a avanzar.
El valle respiró.
La comadrona
sonrió.
Y así, un día más, el sistema siguió devorando a sus hijas,
mientras que el desfile se llevaba a cabo…
con suavidad,
con
ternura,
con esa brutalidad disfrazada de tradición
que
tanto se parece a la del mundo real.
Porque en el Valle de las Viejecitas, igual que afuera,
una
mujer deja de ser útil mucho antes de dejar de ser humana.
.jpeg)

Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por leer.
Si quieres decir algo, este es el lugar.