El más duro de todos

 

El más duro de todos

J. S. Vita

Una vez más, aquel escalón intentó detenerme.
Pero a los verdaderos hombres nada puede detenernos.
Ni la falta de equilibrio,
ni el más terrible padecer
podrán jamás con quienes hemos caminado tanto.

Lo sé bien yo,
que he atravesado miles de espacios,
miles de historias,
y nunca, nunca me he rendido.

Yo, que he cantado a todas voces no mis derrotas,
sino mis victorias,
repito con certeza lo aprendido:
a los verdaderos hombres nada puede detenernos.

No diré que me haga sentir del todo bien
el tener que recibir ayuda ahora.
Algunos dicen ayudar, sí,
pero yo más bien los veo demasiado cerca,
estorbando un poco,
como si olvidaran que sigo aquí,
que sigo siendo yo.

¿No sabrán ya
que a los verdaderos hombres nada puede detenerlos?

Si su intención es molestar,
he de admitir que a veces lo logran.
Quisiera yo mostrarles cómo se hacen las cosas,
como lo hice siempre.
Pero por desgracia,
el peso de este cuerpo que ya no obedece
requiere mis manos y mi paciencia.

Aun así han de saberlo:
a los verdaderos hombres nada puede detenernos.

Pastillas, ungüentos, pomadas, estudios, revisiones…
¿En qué se ha convertido mi vida?
Si ayer aún recuerdo estar completo,
fuerte y decidido,
enfrentando adversidades,
siendo el león,
y jamás la presa.

Quisiera regresar —aunque fuera un poco—
a esa energía que se escapó de mis piernas,
para enseñarles que
a los verdaderos hombres nada puede detenernos.

Pero supongo que hay que admitirlo en algún momento:
para todos llega un detrimento.
Y ahora que debo aceptar ayuda,
al menos quisiera elegir cómo hacerlo,
de qué manera,
con qué dignidad.

Porque incluso ahora,
cuando la vida me exige reposo,
yo sé que mi voluntad sigue en pie.
Y a los verdaderos hombres,
nada debe detenernos.

De aquellos a quienes ayer ayudé,
hoy recibo ayuda.
Desearía no estorbar,
siempre fui de colaborar,
de cargar,
de resolver.

Aún recuerdo mis logros, mis alegrías,
mis destrozos,
y entre todo ello mi propia voz repitiendo:
a los verdaderos hombres nada puede detenerlos.

Siempre fui joven.
Y me mantuve.
Y quién sabe en qué momento llegó el invierno
sin avisar,
dejando caer sobre mi cabello
esta nieve blanca que hoy me cubre.

les juro que no es más que un calambre,
el frío haciendo de las suyas,
allí en la espalda,
allí en las piernas,
intentando cobrarse cuentas viejas,
esas que le gané cuando era joven
y, como buen hombre,
nada pudo detenerme.

Y sin embargo,
ahora, al mirarlos —hijos, nietos, amores todos—
entiendo algo que nunca entendí de joven:
que el verdadero hombre no es quien nunca cae,
sino quien acepta que llegó el momento de ser sostenido
por aquellos a quienes alguna vez sostuvo.

Que envejecer no es derrota,
sino un acto secreto de belleza.

Y mientras tomo sus manos
y cierro los ojos un instante,
comprendo por fin que esta vida,
con todas sus cargas,
sus dolores y sus inviernos,
ha valido la pena por veros crecer.

Y que si alguna vez dije que nada podría detenerme…
no mentí:

porque aun cuando mi cuerpo ceda,
mi amor —el que
les tengo—
seguirá caminando por
ustedes, pues a los sentimientos de un verdadero hombre…

nada puede detenerlos.


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