El Ejército Triste
EL EJÉRCITO TRISTE
J. S. VITA
Como siempre, la espalda de Gámez tocó el suelo, y en ese instante, acorde a lo escrito, la bomba detonó. La caballada y las tanquetas, junto con las otras vibraciones que cimbraban el piso del edificio donde se escondía, hicieron lo acostumbrado. Y puesto que venía su parte favorita —la refriega cruzada entre insurgentes y estatales— alzó un poco el cuerpo y se acomodó sobre el reborde de la ventana, listo tanto para morir como para observar aquello en su máximo esplendor.
Qué ganas de intervenir, pensaba mientras los disparos iban y venían, impactando inclementes sobre los cuerpos de sus compañeros, derribándolos uno a uno como… como estaba escrito. Sin embargo, desde aquella posición sabía que podría tomar ventaja, hacerse con uno o dos o diez enemigos mientras todo ardía abajo. Las ansias le quemaban por dentro: aunque no lo quisiera, aquella escena siempre conseguía hacerle hervir la sangre.
Pero sabía que no había nada que pudiera hacer, pues se suponía que él debía yacer sobre el suelo, desmayado por el impacto del primer misil. Argh, y se suponía también que lo único que podría ver sería aquello que alcanzara desde el reborde donde colocaba la barbilla. ¿Seré acaso el único que se da cuenta de todo esto? se preguntó, viendo todo suceder debajo.
Una vez terminaron los tiros, las explosiones y el relajo de siempre, supo lo que venía: ser tomado de rehén y llevado preso. Así que volvió a su posición boca abajo a esperar la “ayuda”.
Y no pudo
más que ver, una vez más, cómo mientras lo bajaban por las
escaleras, aquel hombre rapado que lo amenazaba afirmaba otra
vez:
—Aquí hay uno, aquí hay uno. Tan emocionado como la
primera vez…
—No os parece que cada vez se ensañan más… para mí esto ya es una pasada —se dijo, justo antes del golpe en la cabeza que siempre se daba con el primer escalón.
Pero por alguna razón, como si hubiese interrumpido esta vez el acto con sus pensamientos, aquel calvo —por primera ocasión— volteó a verlo. Lo juzgó con la mirada, como si la conciencia le hubiera rozado por un segundo. Gámez respondió con una mirada de “disculpa, adelante”, como dos actores que retoman el guión tras un olvido. El calvo se giró y siguió.
Gámez, como era de esperarse, fue llevado al calabozo. Ahí se le curó lo mínimo, solo para torturarlo después, siempre de la misma forma: agua fría por la mañana, amenazas contra sus parientes por la tarde acompañadas de algunos piquetes, y antes de dormir, como de costumbre dos o tres cálidos apretones de almohada contra la cara.
Pero tras
el octavo día, dos antes de su nueva muerte, cuando aquel hombre
encapuchado se acercaba con la almohada en mano hasta la cama, Gámez
pensó otra vez:
Es siempre lo mismo… ¿y todo por un
estúpido pedazo de suelo que al final nadie usa?
Y una vez
más, aquel pensamiento pareció cimbrar el piso. No vio el rostro
del hombre —la capucha lo impedía— pero sí notó su mirada
desconcertada, su actitud temblorosa, como si por un instante dudara
del acto que estaba obligado a repetir.
Solo hasta que Gámez se
acomodó sobre el catre enderezándose, casi diciendo con su lenguaje
corporal “adelante por favor buen hombre”, y entonces si el
verdugo pudo continuar.
Y así, llegada otra vez la noche de su muerte, cuando las luces se apagaron por completo y la calma se hizo presente como de costumbre, bastó un respiro, acompañado de un simple “esto es mío”, venido de ninguna parte, para reiniciarlo.
Todo igual,
la refriega, el golpe en la cabeza... salvo que esta vez, cuando
Gámez cayó al suelo, el polvo tardó un segundo más en asentarse,
como si hasta las partículas estuvieran cansadas. Y al ser
arrastrado por las escaleras, el calvo dijo “aquí hay uno” casi
sin aire, como si el guión empezara a pesarle.
Tortura,
amenazas, y muerte… siempre el mismo sufrir… pero una de esas
Gámez alcanzó a murmurar desde el reborde aquel del que
asomaba:
—¿Y qué pasaría si un día no seguimos el libreto?
Nadie contestó, por supuesto, pero
un insurgente —uno joven— parpadeó confundido, lo suficiente
para que el universo temblara una pulgada.
Un par de
muertes más tarde, en el calabozo, el verdugo titubeó. La almohada
tardó demasiado en subir.
—Ya sabemos cómo termina — dijo
Gámez.
—Eso es lo peor —respondió el otro sin querer
responder.
Diez vueltas más y aquel reborde le dejaba
ver, como todas las expresiones —las de insurgentes, estatales y
verdugos— tenían ahora la misma sombra en la mirada: tristeza
acumulada.
Nadie quería pelear, pero sus cuerpos se activaban sin pedirles permiso.
Y re encendida la luz, quizás diez vueltas después, una vez sin esperarlo, la explosión sonó hueca, como un eco repetido demasiadas veces.
Gámez se
incorporó apenas y vio un cuadro que lo dejó frío:
todos
estaban en posición de combate, sí, pero ya sin odio, sin fervor, y
sin convicción…
con tan solo una tristeza en sus
ojos, tan honda que parecía venir de siglos atrás.
A su lado,
uno de ellos susurró:
—Con que un solo tonto quiera seguir…
basta.
Y allá
estaba: ese único soldado sonriente, aferrado a su arma como si la
guerra todavía significara algo, dando vueltas y pegando gritos como
energúmeno, en un rincón alejado de todos, burlesco y soberbio, y
tan ingenuo como intolerante. Aferrado a su rifle mientras se reía,
de la debilidad de los hombres que le observaban de frente, no
juzgándolo sino comprendiéndolo, inexperto e idealizado… y fue su
primer disparo aquel que lo reinició todo.
Pero esta vez, antes
de terminar con la obra y de que aquella obscuridad lo devorara,
Gámez sintió un descanso más largo, una siesta un poco más
profunda.
No eterna.
Solo… más generosa.
Como si
tras comprender finalmente, de qué se trataba todo aquello, él mismo
se hubiese liberado al fin de repetirlo, consciente a la vez de que
él mismo, lo había ocasionado.
-La diferencia entre el caos y el
orden es simple, para que exista el orden, todos los elementos deben
de hallarse perfectamente bien ordenados, en tanto que para el caos,
basta con que no lo esté alguno.-
J. S. Vita
Moraleja: En las guerras,
como en los egos: basta un fanático, uno solo, para obligar a miles
a repetir la misma tragedia.
Abuelos, padres e hijos se matan y
devoran por razones que ya no entienden, atrapados en un guión
heredado que nadie sabe quién escribió.
Un ejército triste
que pelea sin querer, generación tras generación.
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