El circo de Gamut
El circo de Gamut
J. S. Vita
La carpa cedió ante el peso del agua.
Un vidrio del cielo se
rompió y dejó caer un torrente súbito que apagó luces, silenció
tambores y empapó a los merots, esas criaturas grises, idénticas
entre sí, con ojos redondos que nunca parpadeaban y manos pequeñas
que siempre temblaban durante la función.
En ese instante —cuando el agua fría cayó sobre sus cuerpos—
todos sintieron lo mismo:
un baño de razón.
Una punzada
de sensatez.
Una vuelta brusca a la realidad.
Porque hasta ese segundo habían estado peleando.
Peleando
como siempre.
Peleando porque así era el circo.
Porque así
lo había ordenado Gamut, el más viejo, el más gordo, el que había
vivido tantas funciones que ya ni recordaba cuándo comenzó a ser
dueño de la tierra debajo de la carpa.
Los merots peleaban por turnos.
Peleaban por aplausos,
por
atención,
por un pedazo del pastel que Gamut prometía desde
hacía cuarenta temporadas.
—Cuando aprueben tu acto, te daré tu pedazo —decía él, cruzando los brazos sobre su barriga enorme, mientras el brillo grasoso de sus ojos recorría el escenario.
Pero nadie lo había visto repartir pastel jamás.
Nadie
había probado ni una migaja.
Y aun así, los merots
continuaban.
MEROT 11:
—¿Crees que hoy sí me
aprueben?
MEROT 4:
—Si peleas mejor que
ayer, quizá.
MEROT 11:
—Pero ayer peleé
mejor que antes de ayer, y tampoco…
MEROT 4:
—Calla,
ahí viene Gamut.
El gordo avanzaba con pasos lentos pero ruidosos, como si la tierra protestara cada vez que él la pisaba. Su sombra los cubría a todos, aunque la carpa fuera amplia; una sombra vieja, pesada, que arrugaba el aire a su alrededor.
—¿Qué hacen detenidos? —gruñó.
—La lluvia, maestro…
la carpa cedió…
—¿Y eso qué? ¿Desde cuándo el agua
justifica no pelear?
Nadie respondió.
Nadie se atrevió.
Pues aunque las ordenes de aquel adefesio eran incoherentes, innecesarias y sin sentido, el era el jefe, según las leyes del circo, y había por tanto que obedecerlas.
Gamut sonrió satisfecho.
Le encantaba verlos así: mojados,
asustados, dispuestos a continuar aunque la tierra estuviera
hundiéndose justo bajo sus pies.
Y sin embargo, entre los merots había uno distinto.
Uno que
no sobresalía por fuerza ni talento, sino por algo que en aquel
mundo era casi un delito: pensar.
El Merot 19.
Siempre miraba hacia arriba, como si esperar la lluvia fuera su
acto.
Siempre escrutaba la tierra, como si buscara algo
enterrado.
Siempre parecía a punto de hablar, pero no hablaba.
Pero ese día, empapado, tiritante, con la carpa hundida sobre sus hombros… habló.
—¿Por qué peleamos?
Los demás merots lo miraron horrorizados.
No por la
pregunta, sino porque había usado la voz para algo que no era
obedecer.
—¿Cómo que por qué peleamos? —susurró el Merot 7—.
Peleamos porque así es el circo.
—Peleamos —añadió el 14—
porque Gamut lo dice.
—Peleamos… —dijo el 4— para
ganarnos el pastel.
Merot 19 negó con la cabeza.
—¿Y por qué no nos sentamos simplemente a comerlo? La tierra es de todos. No tiene dueño por naturaleza. Nadie nace con más derecho a ella que otro.
Los demás retrocedieron como si hubiera soltado fuego.
Gamut avanzó entonces.
Su sombra lo cubrió por completo.
—La tierra es mía —dijo Gamut, y su voz retumbó en los huesos de todos—. Mía porque yo lo decidí. Mía porque llegué primero. Mía porque así funciona el circo.
—¿Y si nosotros decidiéramos otra cosa? —preguntó Merot 19.
Ese fue el instante.
Ese pequeño segundo donde un aire
distinto, casi mágico, recorrió el circo entero.
Donde los
ojos de los merots se abrieron un poquito más,
como si
recordaran algo que habían olvidado siglos atrás.
Gamut lo sintió.
Y lo temió.
—No deciden nada —gruñó—. ¡Peleen!
Su voz retumbó
como un trueno.
Pero nadie se movió.
El agua seguía cayendo.
El suelo temblaba bajo la carpa
caída.
Y los merots, por primera vez, miraron no a Gamut, sino
a ellos mismos.
No veían talento.
No veían brillo.
No veían
fuerza.
Pero veían algo más profundo:
Existencia.
Presencia.
Derecho.
—¿Y si dejamos de pelear? —dijo el merot más pequeño.
Gamut rugió.
—¡Sin pelea no hay circo! ¡Sin circo no hay vida!
Merot 19 lo miró con una calma que no era normal,
que no
parecía de este mundo gris:
—O quizá, Gamut…
lo que no hay es pastel.
Ese fue el golpe final.
Los merots lo entendieron todo.
Todos los años de
sudor.
Toda la lucha absurda.
Toda la función
eterna.
Habían estado peleando por algo que nunca existió.
El pastel no era comida.
Era ilusión.
Y Gamut no era dueño.
Era miedo engordado.
Cuando la lluvia cesó y las nubes se retiraron,
la carpa
estaba ya en el suelo.
Los merots caminaron hacia la salida,
dejando atrás las
cuerdas rotas,
los escenarios mojados,
los disfraces
grises.
Gamut los miraba irse, incapaz de detenerlos.
Sin público,
sin peleadores, sin engaño…
su sombra se hizo
pequeña.
Ridículamente pequeña.
Merot 19 fue el último en marcharse.
Se detuvo un momento,
lo vio y susurró:
—La tierra nunca fue tuya.
Solo te la prestamos mientras
dormíamos.
Y Gamut, por primera vez en sesenta años,
no supo qué
responder.
Porque el circo había terminado.
Y, sin pelea,
él
también dejó de existir.
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