Educación

 

Educación

J. S. Vita

Casi pierdo a dos hoy.
Todo por culpa del “observador”, ese niño flacucho con ojos de adulto cansado que, sin saberlo, siempre mete el dedo donde la llaga supura. Preguntó —en voz clara, valiente, imprudente— por qué nunca había sanitario en los baños si al inicio del curso siempre se les pedían los insumos.

El chaparrito a su lado frunció el ceño y, por un instante, vi cómo abría la boca, listo para quejarse también.
Ahí fue cuando recordé al más débil del grupo.
No había hecho nada, claro.
Pero igual le solté una gritadera monumental y lo mandé al rincón.

Ese escarmiento nunca falla: duele donde no tengo que explicar nada.
Hasta el rebelde guardó silencio.
Van ya cinco veces que pasa algo parecido con él, y sinceramente estoy considerando reprobarlo o enviarlo a otra aula, una donde lo mezclen con los más problemáticos; para que así se entretenga solucionando banalidades y nos deje trabajar a los demás en paz.

Justamente ayer, en la reunión de maestros, hablamos de esto.
De cómo los padres ahora se creen con autoridad…
¡Autoridad! Imagínate.
Hasta se atreven a pedir cuentas.

Que no se equivoquen: aquí quienes mandamos somos nosotros.
Nosotros, el gremio mejor organizado del país,
el que presume tener las mentes más brillantes de toda la sociedad.
Sí, aprovechamos la ignorancia de los niños y la indiferencia de los padres,
pero malos no somos —eso sí que no—.
Si, sacamos ventaja del derecho de asociación para enriquecernos y manipular, más
en ningún lado dice que sea delito eso.
Ser hábil no es un crimen.

La escuelita funciona como funciona el país:
cada quien cumple su papel,
cada quien exprime al que puede,
y todos fingimos que nada pasa
porque así se sostiene el turno…
y la nómina.

El prefecto es el capataz:
no enseña nada, no aprende nada,
pero sabe exactamente a quién gritarle para mantener el orden.
Ese orden injusto, viejo, que sostiene el edificio.

La cooperativa es Hacienda:
cobra caro lo que debería ser barato,
vende lo que engorda el cuerpo
y adelgaza la dignidad.
Y si un niño se atreve a reclamar,
ya sabemos:
castigo, reporte y adiós recreo.

El de mantenimiento hace magia:
desaparece el presupuesto con la misma facilidad
con la que desaparecen trapeadores, llaves, focos, espejos.
Pero siempre aparece cuando hay visita del supervisor,
como si la mugre obedeciera al horario oficial.

Está también el economista:
ese maestro que administra cuotas, comisiones, rifas, cooperaciones “voluntarias”,
y que con cada peso que recibe
logra que la escuela se caiga un poco más.
Es un arte.

Y el de comunicación social:
ese maestro que disfraza robos como “gestiones”,
y donaciones como “apoyos”.
La narrativa es lo más importante;
si los niños creen que viven en un buen plantel,
lo demás se arregla solo.

El director…
ah, el director.
Ese sí estudió el juego completo.

Hizo que la maestra Conchita fingiera ser buena, dulce, maternal,
para que los padres confiaran en ella;
y al subdirector Geranio le asignó el papel de malo, estricto,
para que los papás pensaran que hay una lucha interna,
como si en verdad existiera equilibrio.

Es hermoso verlos actuar.
El teatro escolar es el ensayo general de la república.

Y por supuesto, están los niños golpeadores,
los ignorantes,
los ladronzuelos.

A esos les damos más libertad.
Los dejamos circular como perro por su casa.
¿La razón?
Sencilla:

Sirven de ejemplo.
Ellos escarmientan a los demás sin que nosotros lo pidamos.
Son nuestros pequeños verdugos espontáneos.

Y mientras los rebeldes hacen ruido,
los inteligentes, los aplicados, los pensadores…
callan.
Callan por miedo.
Callan por prudencia.
Callan porque ya entendieron que pensar demasiado
te quita recreo…
o futuro.

La pretensión también la manejamos nosotros:
creamos competencia donde no debería existir.
Sembramos en los niños la urgencia de ser “el mejor”,
para vender más listas, más cursos, más materiales, más sueños.
Mientras más peleen entre ellos,
menos miran para arriba.

Así mantenemos pequeño su mundo,
para que nadie del exterior venga a revisar la escuelita
y descubra que lo que llamamos “orden”
es solo un desorden maquillado
con gis y papel de colores.

La escuela no es una escuela.
Es un país en miniatura.
Cada aula, un estado.
Cada maestro, un funcionario.
Cada prefecto, un policía.
Cada castigo, un recordatorio.
Y cada niño silencioso, un ciudadano.

Y yo…
yo solo trato de que este turno siga funcionando.
No por los niños, no por los padres.
Por algo mucho más grande,
mucho más antiguo:
el orden que nos sostiene.

Aunque a veces,
cuando veo a uno de esos pequeños que casi pierdo por pensar,
por preguntar,
por mirar donde no debe…
me pregunto si no estaría mejor que este país-escuela
se quedara sin maestros
para ver si, por fin,
los niños se atreven así a aprender ellos solos.


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