Ciclo

 

CICLO

J. S. Vita


Las puertas de la camioneta se cerraron y, a través de la ventana, Inés vio marcharse a su última amiga.
Una más.
Otra que dejaba el pueblo con una maleta prestada, rumbo a la ciudad, persiguiendo sueños que parecían —desde lejos— tan sencillos de alcanzar.

Inés siempre las despedía igual:
con una sonrisa que no lograba sostenerles la mirada,
y con esa punzada pequeña que se colaba en el estómago
cuando veía cómo el camino se tragaba a alguien más.

Durante el día, mientras paseaba sin rumbo por las mismas calles,
tomaba café en los mismos lugares,
pedía los mismos tragos,
y veía las mismas series en casa,
se repetía la misma pregunta:

¿Por qué todos logran algo… menos yo?

Si no era fama, era un trabajo.
Si no era un trabajo, era un matrimonio.
Si no, una vida distinta, un viaje, un ascenso, un movimiento.
Algo.
Lo que fuera.

Ella, en cambio, solo sabía desearles suerte.
Y seguir en su casa, la de siempre,
con los mismos horarios,
las mismas tareas,
la misma rutina que parecía hecha de ceniza.

Desayuno a las nueve.
Atender a su madre enferma.
Regar las plantas.
Limpiar la casa.
Mirar —cada cierto tiempo—
las fotos amarillas guardadas en el viejo armario de madera,
como quien consulta un oráculo que siempre responde lo mismo.

Y aun así, el anhelo vivía dentro de ella, tibio, tímido, testarudo.
Inés quería otra vida.
La soñaba.
La imaginaba con ojos cerrados.
Pero al abrirlos, siempre encontraba la misma excusa:
“en casa estoy bien… nada me falta.”

La pensión de su madre, jubilada joven en una petrolera,
alcanzaba para ambas.
Para vivir tranquilas.
Para no arriesgar nada.
Para no mover ninguna pieza del tablero.

Un día —uno cualquiera, porque todos eran intercambiables—
Inés vio algo extraño.

Mientras limpiaba el armario,
una de las fotos se deslizó sola hacia el borde,
como si una mano invisible quisiera mostrársela.
Era ella, diez años atrás, sonriendo junto a tres amigas.
Las tres ahora vivían lejos.
Las tres habían cambiado, arriesgado, intentado.
Ella, en la imagen, parecía joven y brillante
como si hubiera estado a punto de empezar algo.

Inés sintió un escalofrío.
En la foto, su propio reflejo —el de la Inés joven—
pareció mover los labios.

No escuchó palabras.
Solo vio el gesto.
El gesto claro, preciso, doloroso:

“¿Y tú?”

El marco se cayó al suelo.
Se hizo añicos.

Y entonces entendió —aunque solo por un instante—
que nunca había sido el pueblo el que la retenía,
ni su madre,
ni el dinero,
ni la falta de oportunidades,
ni la mala suerte,
ni el destino.

Era ella.
Ella y su miedo a romper el ciclo.
Ella y su costumbre de no elegir.
Ella y su silencio.

Pero Inés, fiel a su historia,
barrió los pedazos de vidrio,
cerró el armario,
y se prometió pensar en eso mañana.

Y mañana, como siempre,
nunca llegó.


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