Cavernícola

 

Cavernícola

J. S. Vita



Hayum Hayum Hayum —exclamó Cal—
una vez que sus dos pies, al fin, estuvieron sobre la meseta.
No había marcha atrás.

Ahí mismo dejó caer el morral hechizo con los pocos víveres que le quedaban. A pesar de haber llegado con la energía justa, el grito salió entero, sincero, como si viniera no del pecho, sino de la tierra misma.

Durante horas había intentado subir sin éxito.
La meseta, de unas dos hectáreas cuadradas, parecía desde lejos una corona perfecta: dos árboles, roca firme, silencio eterno. Es decir: hogar para cualquiera que creyera que el mundo era suyo por derecho natural.

X —desterrado por el líder de la aldea, expulsado con gestos de desprecio que no necesitaban idioma— había sido acusado de lo que siempre había sido:
ocioso, egoísta, nocivo para el grupo.

Y aunque había negado todo con gruñidos y aspavientos, sabía en su corazón primitivo que había buscado quedarse con más comida de la necesaria, más herramientas, más espacio.
Creía merecerlo.
Creía que su ojo agudo para “las cosas buenas” era razón suficiente.

Por eso, cuando días atrás vio la meseta surgir como un altar en medio del llano árido, supo que era para él.
No por ambición —se dijo—
sino por destino.
Pero la verdad era otra:
la necesidad lo empujó,
la soberbia lo guió.

De cerca, las paredes eran más altas y crueles que lo que había imaginado. No había forma fácil. Dio vueltas alrededor buscando un resquicio menor, pero siempre encontraba lo contrario:
paredes más lisas, más frías, más inexpugnables.

Finalmente, tras dos horas y un golpe de desesperación, llegó una idea:
usar las grietas como apoyo,
sus lanzas como palancas,
y su cuerpo flaco como cuña para trepar apretándose contra la roca.

Al principio funcionó.
Luego cada metro fue un combate.
Se cortó, sudó, cayó, reinició.
Pero siguió.

Hasta que lo logró.

Arriba, al principio, fue gusto.
Un triunfo puro.
Una vista infinita.
El cielo abierto para él solo.
La sensación infantil y soberana de haber conquistado un reino.

Luego llegó el hambre.
Y con ella, la ansiedad.
Y con ella, los invasores.

Un grupo de hombres, nómadas jóvenes, intentó subir al tercer día para tomar el lugar.
Hayumm, con sus lanzas y gritos, los rechazó.
Se sintió poderoso.
Justificado.
El dueño legítimo de la roca.

Luego vinieron animales: chacales, serpientes, aves hambrientas.
A todos los ahuyentó.
A todos los rechazó.
Y cada vez que lo hacía, una parte de él se llenaba más de orgullo.

—Este lugar es mío —murmuraba al viento—.
Mío porque pude alcanzarlo y otros no.

Pero cuando el sol se apagaba y el llano oscuro se extendía como una manta de muerte, Hayumm solo podía ver a lo lejos unas cuantas luces que se movían despacio, como luciérnagas artificiales en el horizonte.
Desconocía qué eran.
Le daban miedo.
Así que nunca bajaba.

Pasaron años así.
Años.
Una década.
Luego otra.

Las estaciones lo curtieron.
El viento lo afiló.
El silencio lo volvió piedra.
El orgullo lo volvió ciego.

Vivió en paz, sí,
pero en una paz construida sobre la mentira de que no necesitaba a nadie.

El árbol más grande de la meseta —su único refugio, su única sombra, su único proveedor— comenzó a morir.
Lentamente.
Como si ya estuviera cansado de sostenerlo.

Sus frutos disminuyeron una temporada,
luego otra,
luego desaparecieron.

Hayumm miraba con preocupación creciente, pero siempre encontraba una excusa para posponer lo inevitable.

—Bajaría… —se decía—
si no fuera por los hombres.
Por las bestias.
Por esas luces.
Por el peligro.
Por el mundo.
Porque no vale la pena.
Porque aquí estoy seguro.
Porque abajo hay reglas.
Porque abajo hay otros.
Porque abajo…
Abajo no soy dueño de nada...

El árbol murió, una madrugada fría.
Se secó de raíz, sin avisar.
Y la meseta, de pronto, quedó silenciosa
como un sepulcro suspendido.

Hayumm pasó tres días sin comer.
La debilidad lo doblaba.
La boca se le llenó de tierra.
El horizonte temblaba.

Entonces lo pensó:
bajar.
Solo una vez.
Solo para sobrevivir.
Solo para intentar algo distinto.

Se acercó al borde.
Miró abajo.

Era apenas una caída de cinco metros.
Un salto.
Un pequeño riesgo.
La vida misma esperándolo a unos pasos.

Pero en su mente escuchó la voz imaginaria del viejo líder de la aldea:
“Egoísta. Nocivo. Incapaz de vivir con otros.”

Y escuchó también su propia voz:
“Yo no dependo de nadie.”
“Yo soy fuerte.”
“Este lugar es mío.”

Retrocedió.
No por miedo al mundo,
sino por miedo a admitir que había vivido décadas encerrado por orgullo.

Se acostó junto al tronco muerto,
miró el cielo,
y las luces lejanas —que siempre creyó peligrosas—
se acercaron un poco,
solo un poco,
como si quisieran mostrarle que no eran monstruos,
sino caminos, ciudades, vidas posibles.

Pero ya era tarde.

Hayumm pereció ahí,
donde había decidido estar,
no por destino,
ni por maldad exterior,
sino por una tragedia profundamente humana:

el ego que encierra,
las ideas que inmovilizan,
la misantropía que mata
sin necesidad de enemigos.

Y el llano siguió igual.
Y las luces siguieron moviéndose.
Y la meseta quedó vacía,
esperando al siguiente que confundiera
la soledad con libertad,
y el orgullo con techo.


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