A mi pequeño - verso

 

A MI PEQUEÑO - VERSO

J. S. Vita


Tu llanto estrepitoso siempre me pareció molesto, injustificado, casi un desafío personal.
No cesaba nunca, y cada día parecías descubrir nuevas fuerzas para elevarlo un poco más, como si tu garganta se empeñara en informar al mundo que habías sobrevivido una vez más a mis caricias, a tus comidas y a la tibieza del hogar que, de puro milagro, aún seguía siendo hogar.

No me molestaba que tuvieras fuerza; me molestaba tu incapacidad para advertir que esa fuerza venía, precisamente, de mí.
Que la obtenías de mis desvelos, de mis manos cansadas, de ese cariño torpe que a veces solo sabía manifestarse en forma de alimento y cobijo.
Y que ni por asomo se te ocurriera, aunque fuera por cortesía básica, cesar tu chillido durante un instante para regalarme algo parecido a la paz, tan desaparecida desde tu llegada.

Cómo puede alguien no entender las quejas, la voz que se alza con molestia y el descontento.
Cómo puede alguien no entender aun cuando se le muestran ejemplos —absurdos, sí, pero ejemplos al fin— que por ley natural deberían ser suficientes para educar.
Cómo puede alguien no entender incluso cuando uno, dejando atrás toda dignidad, se rebaja a su nivel y le da un pequeño jalón de pellejo o una palmada suave, acompañada de esa advertencia jadeante que sale del fondo del cansancio.

Me di cuenta, con cierta vergüenza, de que cuando te hablaba con desprecio te mantenías asustado, encogido, y eso te mantenía callado… al menos por un rato.
Por eso, a veces, tenía que hacerlo, aunque me doliera también a mí.
Era simplemente la única forma que había encontrado para silenciar, siquiera un momento, tus demandas interminables.

Si escucharas esto, quizá pensarías que soy egoísta o detestable, y puede que tengas razón.
Aunque dudo mucho que alguna vez puedas entenderlo.
Uno intenta explicarte cómo hacer las cosas y por qué, pero tú eres un caso aparte.

Y cómo no serlo, si desde la nada tuviste que encontrar refugio desde el mismo instante en que conociste este mundo.
Cómo no serlo si el frío del invierno fue lo primero que te abrazó.
Cómo no serlo si el desprecio fue lo único que se te ofreció, salvo por tu madre… y por mí, claro, que fuimos los únicos que nos preocupamos por ti.

Si tan solo pudieras entenderlo, seríamos un gran equipo.
Yo disfrutaría de tu aroma —ese olor que en secreto me calma— y de ese otro sonido que emites cuando estás acurrucado conmigo, recién alimentado, en paz por fin.
Seríamos un equipo perfecto: mientras yo me encargo de traer a casa el bienestar, tú podrías ayudarme a soltar el estrés en pequeñas dosis; no necesito mucho de ti, sólo que no me distraigas tanto de lo que me toca hacer para vivir en paz.

Pero no pienses que no intento ponerme en tu lugar.
Lo hago todo el día.
Y siendo realistas, entiendo.


Entiendo, cómo podría alguien no entender si nunca fue querido.
Si fue abandonado a su suerte desde el primer segundo en que existió.
En este mundo, sé, pocos tenemos hoy la fortuna de recibir amor y comprensión justo cuando lo necesitamos.

Así que no te preocupes.

Seguiré alimentándote con lo mejor que pueda,
seguiré intentando no rezongar mientras limpio tus excrementos —por más apestosos que sean—,
seguiré cuidando de ti cuando enfermes y procurando tus medicamentos,
seguiré ahí, incluso con cada grito, con cada arañazo, y con cada queja.

Seguiré ahí acariciándote cada vez que necesite no sentirme solo.

Porque, seas como seas, tienes algo que me hace bien también,
tanto como yo a ti.
Y eres alguien a quien quiero sin reservas,
sin pasar factura,
y sin esperar nada a cambio.

– A mi gato.


Comentarios

Entradas populares